Para ser un gran profesional, no te olvides de jugar

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Cuando somos niños no paramos de jugar y disfrutar de cada momento. Experimentamos, exploramos y  aprendemos de forma intuitiva.  De forma natural podemos entender mejor el mundo que nos rodea.    Pero a medida que crecemos, parece que esta capacidad de jugar y descubrir se va apagando, y se va dejando paso a responsabilidades y obligaciones que no dan espacio al juego.  Poco a poco y sin darnos cuenta, el juego va desapareciendo de nuestras vidas.

Y por desgracia para muchos, el mundo de los adultos es así.  El juego es para niños, no para adultos, y los juegos no entran en el espacio del mundo del trabajo.

¿Pero y si esta visión del mundo estuviera totalmente equivocada?¿Y si no sólo los niños son los que tienen la facultad de jugar?¿Qué pensarías si te digo que el juego es fundamental para poder desarrollarte profesionalmente?

El juego no es sólo para niños

Antes de analizar el juego como algo del mundo de los niños versus el mundo de los adultos, es conveniente dar un paso atrás y preguntarnos si el juego es algo únicamente humano.  Y la respuesta es NO.

Al mirar el mundo animal, vemos que no sólo los humanos nos dedicamos al juego, y cualquiera que tenga perros nos lo podrá confirmar.  Los perros son animales que están siempre jugando, buscando que el amo les tire una pelota o un palo para salir corriendo a buscarlo y devolverlo al dueño, y volver a empezar una y otra vez sin parar.

Empecemos por ello analizando el juego en el mundo aniimal.

El juego en el mundo animal

El profesor  Bob Fagen y su mujer Johanna han estudiado durante años a los animales y han visto que muchos mamíferos juegan.  Pero, ¿Qué es juego para los animales?

Muchos signos nos indican juego. Por ejemplo, un estudio de Fagen con osos pardos muestra como las orejas están retraídas, los ojos abiertos y las bocas abiertas y en ocasiones los osos están tumbados en el suelo.  Todos estos  son signos de apertura al juego, y totalmente contrario a signos de ataque o huida.  Con esta posición los osos se revuelcan juntos en el suelo, y si tienen un río cerca, se sumergen en el agua haciendo círculos y piruetas.

Al preguntarle al doctor Fagen porqué los animales tienen estos comportamientos, nos responde que lo hacen porque es divertido.   Después de  presionarlo un poco para obtener una respuesta más adulta, él responde que en un mundo de continue cambio y lleno de retos, el juego prepara a los osos para adaptarse a un planeta en evolución.

Pero no sólo los osos juegan. Fagen ha visto en sus estudios el juego en leopardos, lobos, hienas, ratas, gatos y perros.

¿Tiene el juego algún propósito?

Uno de los principios del juego es que es espontáneo, y parece que aparece como por arte de magia.   Pero algo nos hace sospechar.  Y es que ver tanto juego en la naturaleza nos hace pensar que detrás de una actividad que en apariencia no tiene propósito puede que haya algo más significativo de fondo.

Durante sus estudios vieron que los osos que más jugaban eran los que más sobrevivían.  Y eso era incluso cuando el juego les quitaba tiempo de actividades como cazar para comer, que se supone contribuye a una mayor posibilidad de supervivencia.

La respuesta la encontramos en animales depravados de juego. Cuando animales son separados de los demás animales de su especie y no se les permite jugar, comprobaremos que éstos no saben distinguir a amigos de enemigos.  En un experimento con ratas, se comprueba cómo estos animales, una vez depravados del juego, actúan de forma exageradamente agresiva o se retraen y no juegan con otras ratas.

Pareciera que en el mundo de los mamíferos el juego nos permite desarrollar lo que Daniel Goleman describe como inteligencia emocional. Esto es, la habilidad de poder percibir el estado emocional de otros individuos y adaptar nuestra respuesta de manera apropiada.

Fagen nos dice que el juego enseña a los jóvenes animales a poder hacer juicios sobre cuando puede confiar en otro oso, y como detectar cuando un juego se vuelve demasiado violento, y necesita huir o escapar.

El perro y el lobo

CJ Rogers, otro investigador del juego en el mundo animal, ha investigado a los lobos con la misma pasión e intensidad que Jane Goodall estudió a los chimpancés.

Muchas veces pensamos que los perros y los lobos son iguales, pero la realidad es que no lo son.

Los perros, que han sido seleccionados genéticamente durante más de un milenio por los humanos, dependen de nosotros para su supervivencia, y es por ello que nos transmiten su cariño y sus ganas de jugar.

Sin embargo los lobos, incluso los que han sido criados por humanos, son muy diferentes.  Ellos no necesitan a los humanos para su supervivencia, y es por ello que no tienen el instinto de jugar.

Según nos explica CJ Rogers, la estructura de una manada de lobos es complicada, y si no somos parte de la manada, somos considerados intrusos.

Y sin embargo, los lobos cachorros también juegan.  La distinción con los perros es que cuando los lobos crecen, juegan cada vez menos, y cada vez más trabajan dentro de la manada por la supervivencia.  Esto parece indicar que cuando los lobos están enfocados en la supervivencia, éstos forman estructuras rígidas, jerárquicas.  El miembro alfa de una manada de lobos seguirá jugando de vez en cuando, pero su comportamiento se reducirá a comportamientos más compulsivos y menos orientados al juego que un perro doméstico.

Así mismo los humanos somos muy parecidos a los chimpancés cuando somos bebés.  Ambos jugamos durante nuestra maduración, pero al igual que los lobos y los perros, los chimpancés también evolucionan a una estructura física de supervivencia.  Su morro se hace más grande y sus comportamientos se parecen a los de un lobo adulto. Esto es, más compulsivos, rígidos y orientados a la supervivencia.  Así mismo, los chimpancés tienen una estructura social rígida y no suelen jugar menos a medida que se hacen adultos.

Estos descubrimientos parecen sugerir que los animales que retienen cierta inmadurezpueden seguir adaptando y aprendiendo de su entorno, pero el precio que pagan es estar menos adaptados a la supervivencia en entornos hostiles.

Un perro labrador no sobreviviría una semana en un bosque salvaje, pero en un entorno humano, el perro se adaptará mejor socialmente.  Un comportamiento no es mejor que otro, pero en un entorno no hostil en donde la capacidad de continuo aprendizaje es esencial, sugiere que los humanos juguetones se adaptarán mejor.

El psiquiatra Erik Eriksson lo resume de una forma muy bella: “Es humano tener una niñez prolongada; Es civilizado tener una niñez prolongada, pero esto nos deja con un residuo de inmadurez emocional que durará a lo largo de nuestra vida”.

El riesgo de dejar de jugar

Si dejamos de jugar, el riesgo que corremos es el mismo que el del resto de animal que abandonan el juego.  Nuestros comportamientos se vuelven fijos. Nos dejamos de interesar en nuevas y diferentes ideas.   Dejamos de aprender y de disfrutar del mundo a nuestro alrededor.  Empieza a preocuparnos únicamente nuestra supervivencia, entrando en comportamientos de ataque o huida, y viendo al resto del mundo como “parte de nuestra manada, o enemigos a los que atacar”.

En el mundo profesional, aquellos científicos que usan sus laboratorios como areneros gigantes, así como deportistas profesionales que siguen disfrutando cuando juegan, o ingenieros que ven los retos que se les presentan como grandes rompecabezas en los que involucrarse y aprender, son los que mejores resultados obtienen y son los que más disfrutan de sus respectivas carreras profesionales, y más capacidad de adaptación tienen.

Siguientes pasos

Si quieres aprender más sobre el apasionante mundo de cómo el juego impacta en nuestro bienestar, podéis leer el libro Play, del Dr Brown.

Así mismo, una acción que puedes tomar es buscar momentos tanto en tu vida personal como en tu vida profesional para jugar.  Dos horas de juego a la semana (una para tu vida profesional y otra hora para tu vida personal) hará una gran diferencia en tu vida, así que busca ese espacio de juego, y cuéntame que tal fue este pequeño cambio en tu día a día.

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